Por Facundo Martín (Gentileza Agencia Tierra Viva)

Desde Mendoza

El agro mendocino se viene transformando aceleradamente al ritmo de la globalización de los sistemas agroalimentarios. Corporaciones dedicadas a la producción y comercialización de papas, tomates, vacas, bananas y —por supuesto— vino, han aterrizado recientemente en la provincia reconfigurando el paisaje agrario y la sociedad. Frente a eso, las luchas por el agua, contra la especulación inmobiliaria y por la producción agroecológica han marcado límites al avance de un modelo de agronegocio que en la “California argentina” no termina de dar respuestas a las crecientes demandas sociales y ambientales.

El “modelo Mendoza” no está listo para el desfile

La imagen de Mendoza se asocia indefectiblemente a la industria vitivinícola que, a lo largo del siglo XX, estructuró buena parte de la sociedad, la economía y el territorio. Sin embargo, en la década de 1980 varias crisis convergieron para provocar el desvanecimiento de ese mundo viñatero que se sigue relatando incansablemente en las Fiestas de la Vendimia, ahora turistificadas al extremo.

Una radiografía actualizada del agro mendocino muestra una imagen bien diferente de aquellas bucólicas mujeres cosechadoras. En las últimas dos décadas se han dado procesos de concentración, junto al abandono de tierras y una notable ausencia de políticas públicas.

De acuerdo a un estudio realizado por María Eugenia Van den Bosch, se identifica hasta 2016 una reducción sostenida del número de explotaciones, donde las que más desaparecen son las pequeñas y medianas junto con un paulatino aumento de la superficie media de las explotaciones. Además, en algunos departamentos se ha dado un aumento significativo de las explotaciones de más de 10.000 hectáreas. En 2008 había 12.814 Explotaciones Agropecuarias (EAPs) de menos de diez hectáreas que representaba el 50 por ciento del total y ocupaban el 0,7 por ciento de las superficie (56.000 hectáreas). En el otro extremo, las 1.268 explotaciones muy grandes (más 500 hectáreas) representaban sólo el 5,2 por ciento del total pero ocupaban el 94 por ciento de la superficie (7.457.000 hectáreas).

Diez años después, según el CNA 2018, las explotaciones de menos de diez hectáreas se habían reducido en un 20 por ciento, mientras que los estratos medianos y grandes (entre 50 y 500 hectáreas) se habían expandido un diez por ciento (en promedio). Esto último se explica fundamentalmente por la expansión de viñedos asociados al aterrizaje del modelo de agronegocios en el Valle de Uco.

Los ríos que dan vida

La provincia tiene una extensión total 149.069 kilómetros cuadrados, la mitad que la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, el Censo Nacional Agropecuario (CNA) de 2018 relevó que poco menos de seis millones de hectáreas —un tercio del total— se destinan al uso agrícola, forestal y ganadero.

En Mendoza el paisaje rural es contrastante y está fragmentado entre los oasis de riego que reciben agua canalizada desde la Cordillera de Los Andes y el secano o “desierto” que recibe en promedio sólo 200 milímetros de lluvia al año. La agricultura es posible entonces únicamente mediante el riego intensivo.

Existen cuatro oasis irrigados por cuatro ríos regulados. El oasis norte se riega por el río Mendoza y abarca los departamentos de Lavalle, Las Heras, Guaymallén, Maipú y Luján de Cuyo. El oasis centro se irriga a través de la cuenca baja del río Tunuyán y está integrado por los departamentos de San Martín, Rivadavia, Junín, Santa Rosa y La Paz. El Valle de Uco se irriga gracias a la cuenca superior de río Tunuyán y está integrado por Tupungato, Tunuyán y San Carlos. Finalmente el oasis sur está integrado por San Rafael y General Alvear y se riega con las aguas de los ríos Diamante y Atuel.

Malargüe es el departamento más austral y de mayor superficie en la provincia pero tiene un oasis irrigado muy pequeño alimentado con aguas del río homónimo.

La superficie agrícola implantada de Mendoza alcanzó según el CNA 2018 las 266 mil hectáreas. En términos de superficie, sigue dominando por lejos el cultivo de vid (131.183 hectáreas), seguido de los frutales que están en franco retroceso (60.000 hectáreas) y las hortalizas (32.500) que fluctúan fuertemente en función de los precios, exportaciones y condiciones climáticas.

José Manuel Podadera es productor ganadero y miembro de la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Tierra (UTT). Mientras pastorea sus cabras en Maipú, a unos 40 kilómetros al este de la ciudad capital, comenta: “Para mí la característica del modelo agropecuario ahora es que ponen mucho veneno, fertilizantes, la gente está dejando fortuna en eso y gracias a eso también mucha gente que cultiva queda en el camino”.

a ganadería extensiva ocupa más de 5,5 millones de hectáreas de pastizales, bosques y montes naturales. El CNA también registró en 2018 más de 200 mil hectáreas de tierras “aptas no cultivadas”. Un resabio de la “distribución originaria” de la tierra y del agua en Mendoza ocurrida a fines del siglo XIX y que muchos años después dio origen a organizaciones campesinas que reclaman el acceso a la tierra como la Unión de Trabajadorxs Rurales Sin Tierra (UST).

Para Silvia Moreno, docente de la Universidad Nacional de Cuyo e investigadora en la temática, el agro de Mendoza “es un modelo sumamente polarizado, de crecimiento, de tamaños, de explotaciones, que lo único que ha hecho en los últimos 20 años es polarizarse todavía más. Hay estudios que sostienen que tenemos la mitad de los productores que había a inicios de los 2000”.

Por su parte Diego Montón, referente de la UST-MNCI ST y coordinador de la Mesa Agroalimentaria Argentina (MAA) llama la atención sobre el proceso de concentración del agro provincial, fuertemente condicionado por el acceso al suelo irrigado: “Es una concentración en todos los niveles, la tierra, el agua, de la tecnología, del acceso al mercado y de la exportación y del valor agregado”.

Es que al no producir cereales ni oleaginosas, Mendoza está fuera del modelo pampeano exportador de commodities, sin embargo, agrega Montón “en el caso de la vitivinicultura se ve claramente cómo se viene concentrando sobre todo a nivel de los viñedos más pequeños, pero fundamentalmente cómo está concentrado en las bodegas que exportan y las que dominan el mercado interno”.

Uva, vino y un modelo que excluye

Mendoza es la provincia con mayor cantidad de viñedos y superficie implantada con vid (71 por ciento del total nacional). Un informe reciente del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) detalla que entre 2022 y 2021 hubo una disminución de 4.051 hectáreas y 188 viñedos menos. Además, la superficie actual es un 4,9 por ciento menor a la registrada en el año 2010 (un descenso de 10.703 hectáreas).

Aunque el 90 por ciento de los viñedos tiene menos de 20 hectáreas (y el 60 por ciento tiene menos de cinco hectáreas), la tendencia indica que las propiedades son cada vez más grandes mientras que las que se abandonan son las más pequeñas. Así, el tamaño medio del viñedo prácticamente se duplicó entre 1990 y 2022 pasando de 5,8 a nueve hectáreas. El mundo de los pequeños viñateros está en serios problemas y contrasta con la industria enoturística de lujo que ha conquistado el Valle de Uco.

Esta nueva vitivinicultura —basada en la identificación varietal y con orientación exportadora— se presentó como la principal respuesta a la crisis estructural centenaria. Pero fue una solución socio-espacial selectiva que jerarquizó y revalorizó determinados territorios en detrimento de otros.

En un contexto de desregulación y apertura económica, en el Valle de Uco (y principalmente en sus márgenes) emergió el territorio más propicio para la expansión del modelo de agronegocios. Su forma más destacada han sido los proyectos que combinaron la actividad vitivinícola con otros ejes de acumulación, como los complejos agroturísticos e inmobiliarios de lujo.

Este proceso de turistificación, orientado a un público fundamentalmente extranjero, que incluye la territorialización de capitales nacionales e internacionales con inversiones en hoteles, restaurantes, wine countries, bodegas y viñedos constituye probablemente el proceso más transformador del espacio rural provincial.

Es que estos “nuevos vecinos” capitalizados e integrados en circuitos agroalimentarios globales se volvieron rápidamente los protagonistas de una redefinición de la ruralidad mendocina y sus paisajes. De este modo, el espacio rural no es sólo un espacio productivo sino que ha sido transformado en un paisaje mercantilizado para ser consumido como un producto más. Se venden “experiencias” y no sólo vino o comida. Esto constituye una clara gentrificación del espacio rural similar a lo que sucede en otras ciudades del mundo, donde vastas zonas son ocupadas y apropiadas por nuevas clases y grupos sociales que desplazan a sus habitantes tradicionales.

Además, al reconfigurarse como nuevos terratenientes (o acuatenientes, a raíz de la explotación individual y privada de agua subterránea) conquistaron los piedemontes y contribuyeron a un creciente cercamiento del espacio rural. Al encerrar sus terrenos, construir portones con guardias imponentes, estos enclaves privados transformaron dramáticamente el paisaje y el control del territorio.

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